Vivo desde hace casi dos años en el mismo sitio, un estudio tan pequeño como cuco. No conozco a nadie de mi bloque. Por la mañana salgo temprano a la oficina y por la tarde una de dos: o tengo planes y me quedo hasta las mil por ahí, o llego a una hora razonable y me tiro toda la tarde en el ordenador, jugando, chateando o viendo vídeos. Los fines de semana igual... menos en lo de madrugar e ir al curro, claro. O sea, que no hago vida en la escalera y no tengo ni idea de la gente que vive conmigo. Psicópatas asesinos no parece que haya, al menos. O no se traen el trabajo a casa.
Total, que hoy cuando salgo del metro hay una piva andando por la calle delante de mí. Bueno, hay muchas, pero según las demás van desviándose por una calle u otra camino de sus casas o lo que sea, ésta ahí sigue, en mi misma dirección. Vista por detrás no está mal. Tampoco es que esté buena pero tiene su punto. Castaña, con melena a lo casco, culo regordete, vaqueros apretados. Razonable. Me quedaba la intriga de si tendría tetas o no -vale, ahora que lo pienso también en si era guapa... no se puede estar en todo- pero, hombre, para darme cuenta tendría que adelantarme a ella y con cualquier excusa darme la vuelta y mirarla al jersey. Que no es que no lo haga a veces, pero te pillan casi siempre y tampoco es plan. Así que aminoro el paso, que con lo largas que tengo las piernas yo podría ir perfectamente el doble de rápido, y la voy contemplando menear los cachetes mientras anda.
Según pasan los minutos y sigue delante mía sin desviarse en ninguna esquina sonrío como si fuese viendo como acierto uno a uno los partidos de la quiniela. Cuando entra a mi portal no es igual que si fuera ya un boleto de catorce, que algo más haría falta, pero sí un poco como un premio de ésos que no te dan para dejar el trabajo pero sí pa un monitor nuevo y media bolsa de libros en la FNAC. Yo, por una vez y por eso de variar -que esta tarde tenga algo que hacer y vaya a coincidir con cierta morena de tetas redondas y mala leche no tiene nada que ver, no-, voy vestido medio en serio, con chaqueta marrón, camisa burdeos, los vaqueros de siempre y hasta gomina en el pelo, arreglado pero informal, y me crezco un poco. Paso detrás de ella, le doy las buenas tardes y me quito un auricular del Ipod, por si me dice algo más y no la escucho. Me sonríe y se acerca a los buzones, lo que aprovecho yo para mirar el mío y cotillear en qué piso vive, pero ha sido solo un amago y en verdad lo que hace es llamar al ascensor. De cara tengo que decir que es mona, aunque al final no he podido hacer el escaneo pectoral a tan corta distancia. Supongo que irá justita tirando a insuficiente, como la mayoría. Yo de ascensor paso, porque vivo en el primero y me da vergüenza cogerlo si hay alguien delante, que parezco demasiado vago, así que me despido -hasta luego- y subo por las escaleras. Ahora sí la escucho responder. Tiene una voz bastante dulce.
Apenas entro en mi casa escucho abrirse el ascensor y sonar unas llaves. Corro a la mirilla de la puerta y veo justo como cierra la suya en ese instante. No es que sea ya mi vecina, es que es mi vecina de al lado, con su puerta a dos centímetros de la mía, todo mi minipiso compartiendo un tabique con, yo qué sé, su salón, supongo. Suyo y de su novio, por las voces que oigo a veces. Y entonces acabo preguntándome si alguna vez me habría visto antes, si en ese caso me ha reconocido y con qué frecuencia e intensidad habrá oído ella mi porno durante estos dos años...
Eres buena gente. Eres gracioso. Eres independiente. Eres listo. Y te comes una mierda.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario